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Unos meses después de las apariciones, sor Catalina es
destinada al hospicio de Enghien, en el distrito 12 de París,
para cuidar a los ancianos. Se pone al trabajo. Pero la voz interior
insiste : hay que hacer que se acuñe la medalla. De eso
Catalina vuelve a hablar a su confesor, el Padre Aladel.
En febrero de 1832, hay en París una terrible epidemia
de cólera, que va a hacer más de 20.000 muertos.
Las Hijas de la Caridad empiezan a distribuir, en junio, las 2.000
primeras medallas acuñadas a petición del padre
Aladel.
Son numerosas las curaciones, lo mismo que las protecciones y
conversiones. Es un maremoto. El pueblo de París califica
la medalla de « milagrosa ».
En el otoño de 1834 ya hay más de 500.000 medallas,
y en 1835 más de un millón en todo el mundo. En
1839, se ha propagado la medalla hasta alcanzar más de
diez millones de ejemplares.
A la muerte de sor Catalina, en 1876, se cuentan más de
mil millones de medallas.
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