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Las palabras y los símbolos
grabados en el anverso de la medalla
expresan un mensaje con tres aspectos estrechamente ligados entre
sí.
«
Oh María sin pecado concebida,
ruega por nosotros que recurrimos a
ti. »
La identidad de María se nos revela aquí explícitamente
: la Virgen María es inmaculada desde su concepción.
De este privilegio que ya le viene de los méritos de la
Pasión de su Hijo Jesucristo, emana su inmenso poder de
intercesión que ejerce para quienes le dirigen sus plegarias.
Por eso la Virgen María invita a todos las personas a acudir
a ella en cualquier trance.
Sus
pies en medio de un globo aplastan la cabeza de una serpiente.
Este globo representa a la tierra, el mundo. Entre judíos
y cristianos, la serpiente personifica a Satanás y las
fuerzas del mal.
La Virgen María toma parte en el combate espiritual, el
combate contra el mal, cuyo campo de batalla es nuestro mundo.
Nos invita a entrar nosotros también en la lógica
de Dios que no es la lógica del mundo. La gracia auténtica
de conversión es lo que ha de pedir el cristiano a María
para transmitirla al mundo.
Sus
manos están abiertas y sus dedos adornados con anillos
que llevan piedras preciosas de las que salen rayos que caen esparciéndose
por toda la tierra.
El resplandor de estos rayos, lo mismo que la hermosura y la luminosidad
de la aparición descritas por Catalina, requieren, justifican
y alientan nuestra confianza en la fidelidad de María (los
anillos) para con su Criador y para con sus hijos; en la eficacia
de su intervención (los rayos de gracia que caen en la
tierra) y en la victoria final (la luz), ya que ella misma, primera
discípula, es la primera salvada.
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