
Jesús perdido en el Templo
Oh Madre mía, Madre tan afligida, ¡qué largos fueron los tres días de dolor y angustia cuando perdiste a tu Hijo en Jerusalén! Como ignorabas la causa de este alejamiento, tenías la incertidumbre de haber merecido este abandono. Pudiste creer que habías cuidado mal este tesoro y que eras indigna de vivir más tiempo en la intimidad de Jesús. Tú, que no dejas escapar jamás ninguna queja, te quejaste a Jesús cuando lo encontraste en el Templo. ¡No era un reproche, si no un lamento de amor! Cuando perdamos a Jesús por nuestras ofensas, aprendamos a buscarle con amor.
Oh María, obtenme la gracia
de un sincero arrepentimiento de mis pécados y un verdadero cambio de vida.
Las siete virtudes de María