
La muerte de Jesús sobre el leño de la cruz
Oh Madre mía, Madre tan afligida, tú no abandonaste a Jesús ni te acordabas de tu propia pena, sólo pensabas en los sufrimientos y muerte de tu querido Hijo. Lo que aumentó tu dolor fue escuchar a Jesús quejarse del abandono de su amado Padre.
Soportaste este dolor en silencio y sin proferir una queja. Pero tu corazón hablaba. Hoy, continúas ofreciendo a Dios la vida de tu Hijo por nuestra salvación.
Que cuando la amargura inunde nuestro corazón, podamos encontrar consuelo con el pensamiento de que Jesús, por su muerte, nos ha abierto el paraíso.
Oh María, crucificada en tu alma, obtenme la gracia del agradecimiento por tu sacrificio.
Las siete virtudes de María